Carta a Rafael González

Rafael González
Rafael González

A Coruña, 2 de febrero de 2013

Querido Rafael:

Ayer recibí la noticia de que te has muerto, e inmediatamente fui a Google para ver alguna foto reciente tuya. Encontré sólo una y al verla sonreí porque estás un poco mayor, claro, con más arrugas;  y, sin embargo, te reconocería a primera vista si nos encontrásemos en la calle, como reconozco ahora, mirándote, el Rafael que yo encontré hace casi cincuenta años; mi director y mi amigo en El Ideal Gallego, en un tiempo ilusionante, cuando la redacción, con Juan Molina, Gaciño, Gabriel Plaza, Luis Pita, Arce, Benjamín Vázquez, Greorio Bartolomé, Pilar llorente, Rodríguez Maneiro…tomó la iniciativa en la defensa de la Autonomía de Galicia, y fue siempre varios pasos por delante de los otros medios de comunicación.

Me pregunté muchas veces de dónde te viene a ti, andaluz de pura cepa, tu “galleguismo”, que no fue oportunista en absoluto, porque ya lo habías demostrado años antes de venir destinado a Coruña, en la revista “Signo”. Alguna vez hablamos de esto, y me respondiste que siempre te atrajo Galicia, te gustó la gente gallega y admiraste la solidez de nuestros intelectuales y artistas. Por eso no es de extrañar que, a las pocas semanas de tomar la dirección de El Ideal Gallego, ofrecieses a los lectores un número extraordinario, que fue un auténtico bombazo por su contenido, y que se agotó en pocas horas. ¿Lo recuerdas, verdad? Se titulaba “Sempre en Galiza”, y en portada llevaba estos versos de Salvador García-Bodaño::

Galicia é isto que vai en nós

e que nos leva,

camiño aberto nos sulcos

onde todo é por vir

e non chega.

Yo guardo un ejemplar porque mi participación en él fue más allá de lo que hice como dibujante y articulista. Al explicar en la redacción el proyecto, te dijeron que yo era la persona adecuada para asesorarte, y tú, sin conocerme, me llamaste. En cuanto nos vimos simpatizamos, y cuando te sugerí los nombres de los posibles colaboradores, todos comprometidos en la defensa de Galicia y de la democracia, te entusiasmaste y me dijiste “adelante”. Y salió el periódico con las firmas de Otero Pedrayo, Ramón Piñeiro, García-Sabell, Carballo Calero, García-Bodaño, Sixto Seco, Varela Jácome, Ánxel Fole, Sebastián Martínez Risco, Cambre Mariño, Torres Queiruga, Beiras, Xaquín Marín,

Nadie se explicaba cómo un número así pudo pasar la censura y como único argumento se daba el de que sólo a la Editorial Católica se le permitiría. Pero no fue eso, sino una curiosa coincidencia, la que hizo posible la publicación. Tú, aprovechando la buena relación que tenías con Fraga, ministro de Información y Turismo, le enviaste las colaboraciones, para que dijese si podían salir o no; y Fraga, que a los pocos días recibió la noticia de su cese, enfadado y disgustado, dio el visto bueno a todas, seguramente sin leer ninguna. Cuando llegó Sánchez Bella a sustituirlo dio por bueno lo que Fraga había hecho, y el “Sempre en Galiza” fue tu presentación como director. Por cierto, mucho después, cuando Fraga presidía la Xunta de Galicia, le regalé uno de los dos ejemplares que yo guardaba, y le encantó. Te lo digo en serio: Fraga se sintió orgulloso de que aquello fuese también obra suya.

Lo mejor de tu dirección en El Ideal Gallego, querido Rafael, fue que aquel “Sempre en Galiza” índicó el camino que el periódico iba a seguir en los próximos años, por lo que conseguiste 3000 nuevos suscriptores inteligentes, cultos, demócratas y autonomistas. Lo peor fue que perdiste otros 3000 suscriptores, escandalizados de la línea que seguías. Tendrías que haber conseguido 10.000 o 20.000 suscriptores, pero aunque sacases en portada una tía buena en bolas, y al lado del título la hoz y el martillo, la gente seguiría diciendo que el Ideal era el periódico de los curas. Para colmo, tenías enemigos dentro de casa, y los artículos de Luis Apostua iban casi a diario a tu línea de flotación.

Por eso, un día te dijeron que hicieses la maleta porque volvías a Madrid. Recuerdo tu disgusto y el disgusto de tus hijas, que, un mes después, aun tocaban al piano el himno gallego, con sus caritas llenas de lágrimas.

No hemos vuelto a vernos, pero todos estos años he pensado en ti con cariño, no sólo como director, sino también como el buen amigo que fuiste. Tú me acompañaste cuando fui juzgado por una viñeta en la que ataqué a la Magistratura de Trabajo, y cuando el fiscal leyó mi declaración -en la que que hice una ingeniosa defensa del humor- y retiró los cargos, me dijiste: –Como decimos en mi tierra:“peseta ahorrá, peseta gastá”. Y nos metimos en una cafetería a tomar unas copas de “fino” andaluz.

Cuando el Ejército me abrió un Consejo de Guerra por la viñeta que hice utilizando el discurso final del barbero judío en la película “El Gran Dictador”, me llamabas todas las noches para informarme de tus investigaciones sobre el autor de la denuncia y de tus conversaciones con abogados amigos y competentes.

Cuando, aprovechando que el Gobierno Civil había desautorizado unas conferencias programadas por mí en Ferrol, un redactor de aquella delegación , de vida nada ejemplar, fue a verte para decirte que yo era un rojo peligroso y que en nada favorecía al periódico, abriste el cajón y sacaste un informe sobre él, con sus andanzas  y le dijiste que si volvía a decir una sola palabra contra mí, lo ponías de patitas en la calle.

Por eso, querido Rafael, cuando La Voz de Galicia quiso ficharme, pagándome más del doble de lo que percibía en El Ideal, no acepté y sólo cuando tú estabas ya en Madrid pasé al periódico donde trabajé la mayor parte de mi vida.

No sé por qué no hemos vuelto a vernos, a llamarnos o a escribirnos. Por varias personas, incluida una de tus hijas, que me visitó con el marido, años después, en A Coruña, supe que seguías pensando en mí con el mismo afecto y la misma simpatía. No sabes cómo me gustaría coger ahora mismo el teléfono y oir tu voz y tu risa. Te llamaría de buena gana, pero no sé el prefijo que tenéis ahí. Por eso, como seguro que Internet hay, te envío esta carta y un garabato que no llega a ser retrato. Es la segunda vez que te dibujo. La primera fue, hace cincuenta años, para hacerte una caricatura como paladín del galleguismo, con armadura y lanza. Galicia entera tendría que recordarte así, Rafael, como yo aun te recuerdo.

Recibe un fuerte abrazo. Contigo, sempre en Galiza.

Siro

1 comentario en “Carta a Rafael González

  1. Lo conocí en Madrid, porque estaba siempre presente como director de El Correo de Andalucía, me parece, en todos los follones de protesta contra el régimen, como cuando me encerré con muchos otros abogados en el salón de la Virgen del Colegio de Abogados de Madrid cuando las condenas a muerte del proceso de Burgos. Entonces, y en otras ocasiones, se acercaba a mí para que yo le explicase de qué iba la cosa. De tanto vernos cada vez que había alguna protesta contra un régimen para el que ser demócrata era un delito, llegamos a hacernos amigos. Luego, cuando Tarancón fue presidente de la Conferencia Episcopal y el diario católico “Ya” experimentó un notable giro hacia el centro izquierda, yo escribí todo el tiempo que duró Tarancón en el “Ya” y en el filial en Galicia de EDICA, “El Ideal Gallego” del que dió la casualidad que fue de director el Rafael González que ya conocía y que era tan demócrata como lo fueron el director de “Ya” entonces Fernández Pombo y el subdirector Luis Apóstua, del que no me explico como dice Siro que atacaba a Rafael, pués era el más progresista del “Ya”, me refiero a Apostua.Desde Madrid estuve escribiendo en “El Ideal” seis o siete años a razón de dos o y tres artículos semanales, a veces a doble página.Escribí muy a gusto en aquel “Ya” democrático, en aquel “Ideal Gallego” de Rafael González, al que luego vi en su despacho de marginado subdirector del “Ya”, de la calle Mateo Inurria, cuando me echaron a mí también como colaborador tanto del “Ya” como del “Ideal”.De todos los varios periódicos en los que colaboré fueron, además, los únicos que me pagaban.
    Siento muchísimo la noticia de su muerte.Muchísimo. Aunque no me olvido de que lo que le pasó a él nos va a pasar a todos y a los viejos como yo, en seguida.

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