Carta a Adolfo Suárez

Adolfo Suárez
Adolfo Suárez

Señor presidente:

Me hubiera gustado tener la oportunidad de hablarle hace años, cuando usted no había decidido aun cerrar a cal y canto su memoria para huir de la  angustia causada por terribles circunstancias familiares, pero también por la ingratitud y la traición de quienes crecieron en política a sus pechos y a su sombra. Me sentiría muchísimo mejor si ese día de nuestro encuentro, pudiera pedirle perdón por haber sido tan necio e ignorante como para no valorar debidamente su labor de gobierno, y tener más presente de dónde venía que adónde iba y nos llevaba. Me sentiría mejor si pudiera hablarle del respeto que siento por sus ministros y cuánto valoro la lección de idealismo y honradez de todos ellos. A ninguno se le ocurriría decir que iba a la política para hacerse rico, y causa pasmo saber que cuando Leopoldo Calvo Sotelo salió de la presidencia del gobierno y quiso volver, como simple director de sucursal, al banco donde tuviera un alto cargo, fue rechazado por haber ayudado a traer la democracia.

Sin embargo la UCD, señor presidente -usted lo sabe mejor que nadie-, no era un partido de idealistas y de románticos. Por no ser, no era ni siquiera un partido, sino una asociación de pequeños grupos con semejantes intereses, y usted tendría que hacer gobiernos de cincuenta carteras para satisfacer las ambiciones de los cabecillas. Como no era posible, no tardó en conocer el sabor amargo de la traición en el peor momento, precisamente cuando ETA superaba todo lo imaginable en barbarie; cuando Fraga se atropellaba y atragantaba al llamarle “presidente”, y cuando Felipe y Guerra querían el poder a cualquier precio. Avergüenza leer, sin que nadie lo desmintiera, que en los preparativos del fracasado 23F, que debería propiciar un gobierno de coalición, presidido por un militar, participaron destacados dirigentes de AP y del PSOE.

Para abrir los ojos a los ciudadanos, habla y escribe estos días -estupendamente, por cierto- Fernando Ónega, su amigo de siempre; y a más de uno le están saliendo ronchas. Yo, señor presidente, revisé las caricaturas que le hice durante sus años de  mandato, y veo con satisfacción que en ninguna de ellas hay el menor agravio para usted. Me reconforta saber que mi necedad e ignorancia no eran tan graves como para cegarme. Escogí algunas para mostrárselas, pero decidí hacerle una más, la última. Verá que le pongo amplia sonrisa de seductor y una pizca de “retranca”, ingrediente que nunca falta en el humor gallego, del que usted hizo gala, por la parte que le toca.

Reciba con ella el saludo más cordial.

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